Guillermo «Memo» Mundo Aguilar, hacedor de un periodismo social

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Por Hakobo Morá

A Lizzette M. Álvarez,

su ahijada.

Le pregunto a Silvia Mundo Aguilar, hermana de Guillermo (q. e. p. d.), ahora que ella me ha dicho que «Ya estoy más tranquila, aquí ya está más tranquilo todo; porque sí, estuve muy… me sentía muy desesperada durante todo el día»:

— ¿Y por qué lo velan aquí en Teziutlán?

— Él amaba a Teziutlán. Él lo decía: «Yo soy de Teziutlán». Se enorgullecía: «Yo soy teziuteco, yo no soy un martinense, yo no siento ser de Martínez de la Torre». Entonces se quedó aquí siempre: le había agradado el clima. Aunque al principio sí, cuando llegó a vivir aquí, pues le hacía mucho daño el clima frío. Nos decía que «Ahora ya no hace frío como el frío de antes»; pero, antes se enfermaba seguido de las vías respiratorias, hasta que se empezó a adecuar a este clima, y aquí le gustó para vivir.

— ¿Y qué pasará con sus cenizas?

— Después de su cremación a las diez de la mañana hoy jueves, sus cenizas van a reposar aquí mismo en un nicho del velatorio.

Férrea disciplina –hasta las cachas–.

Sabemos, tiempo atrás, de Guillermo Mundo. ¿Y cómo no! Si lo leíamos porque a diario escribía durante más, mucho más de «catorce años». (Las periodistas Lydia Molina y Coral Méndez lo registran activo, en la nota periodística, por ¡«más de veinte años»!). Disciplinado hasta las cachas, bien puede medirse su quehacer informativo en la concisión kilométrica de sus notas por contundentes. Y esto es lo que él significa frente al lector: un reto escrito por leerse con el poder de movernos hacia la reflexión social, hacia a la ironía colectiva, hacia la consecusión de la indignación que suscitaban los temas por él abordados. La única y pertinente condición: para seguirlo sin perderle la pista, tendría que ser el de ir a su paso constante, al ritmo de quien nos muestra la ruda realidad sin cortapisas, sin edulcorantes, en el norte y nororiente del estado de Puebla.

Basta hacer un cálculo temerario y a vuelo de pájaro: Guillermo Mundo es autor, al menos en «El Sol de Puebla», de ¡ochocientas treinta y siete notas! sólo en el tiempo que va de los años 2019 al 2024. Estos son, ¡cinco largos años! ¡Mil noventa y cinco días! Un tiempo con sus horas y minutos y segundos transcurridos donde, el dos de noviembre de este año, su nota «última» (esta palabra, en sí misma, encierra una imposible mentira) da cuenta de que «Celebran [el] Día de Muertos en Zongozotla con la tradicional elevación de globos». (Por eso ahora sus palabras habrán se transformarse en globos luminiscentes-van al cielo. Palabras-copal que habrán de fundirse con la alta niebla serrana).

El niño Guillermo.

—… ¿Guillermo participaba en oratoria en la primaria o en la secu…?

— Bueno, sí pasaba a participar pero lo normal: que si los actos a la bandera y todo eso. Lo que es lo normal para la edad, pues. Lo que sí le gustaba mucho era salir en los bailables, en todo eso, sí, siempre. A ratos yo le decía: «Como que tú tienes el don para decir las palabras, lo que piensas lo dices pero de una manera exacta, correcta; no hablas a lo tonto». Lo sabía expresar muy bien. Siempre le admiré eso.

— Y es que también tenía una voz maravillosa, ¿verdad? Yo una vez se lo confesé: «Tú en otra vida debiste haber sido un maravilloso flautista, por eso ahora eres dueño de esa voz».

— Sí, ¿verdad? Le decíamos en la casa: «“Memo”, tú tienes el porte, la simpatía de Daniel Bisoño», y se empezaba a reír. Así le decíamos nosotros en la casa, porque era así muy propio, era así muy modoso para cambiarse al ponerse su saco y así, todo bañadito.

— ¡Ay, no! Pero a Daniel Bisoño, que es todo él pura farándula, jamás le han interesado los temas sociales. (Y lo social fue para Guillermo, en peso equivalente, su profunda fe a Dios. Como si a través de sus notas nos hubiese dado catecismo: nos hacía leer la severa palabra –Dios nos la dicta con su dedo divino–, la áspera palabra de una dura realidad al exponérnosla, con pelos y señales, con su dedo-teclazo firme).

Un laico.

— ¿Guillermo fue un creyente de fe?

— Desde siempre. Fue muy guadalupano y desde niño. De hecho, cuando era un chiquitillo, decía que iba a ser sacerdote, pero después ya no. Nos advertía: «Cuando yo crezca voy a ser papá de todos los niños que no tengan papás». Y él así nos lo decía, siempre. Y nosotros, pues lo veíamos como un juego de convicción. Ya cuando creció, pues, ya se le quitaron esas ideas, ¿verdad? Pero a la iglesia siempre ha estado muy apegado. Le ha gustado mucho participar, vaya, en todo lo relacionado a la Virgen de Guadalupe. Y es que desde que éramos niños pues así fue lo que nos inculcaron. Entonces, él era del coro; y participaba en las misas. En todo eso.

— ¿A poco fue monaguillo?

— No, no lo fue; participaba como cantor en el coro de las doce del día, en la parroquia de san Juan «El Bautista», en el centro de Martínez de la Torre. Y eso que no vivíamos en el centro, pero Guillermo ahí intervenía.

(Juntos: Guillermo «Memo» Mundo Aguilar y el «Che» de Enrique Ávila, en la Plaza Cívica José Martí, en La Habana, Cuba; ca. del año 2018).

Tres escuelas. Tres hermanos. Siempre tres.

—  ¿Y dónde estudió el preescolar? ¿En Martínez de la Torre?

— Sí, allá. Iba a un preescolar pequeño, ahí mismo en la colonia, en alguno de los grupitos que antes formaban los del DIF («Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia»). Ahí estudió en un jardín infantil; un jardincito, pues sí, muy sencillito del DIF.

— ¿Y la primaria?

— Ya la primaria la cursó Guillermo… bueno, nosotros tres la estudiamos en la escuela «Lic. Rafael Martínez de la Torre», que está dentro de los límites del cuartel del octogésimo séptimo Batallón de Infantería de la ciudad. Pero fue muy poco tiempo que estuvimos juntos los tres, porque como yo era la más grande, pues salí primero. Ya se quedaron él y Joel –que era mi otro hermano que me seguía por un año–, y ya ellos compartieron, por dos años, la misma primaria.

—… Pues ¿cuántos años le lleva usted a Guillermo?

— ¿Yo?

— Ajá…

— Cinco años: yo tengo cuarenta y nueve.

— Es usted muy joven.

— Él iba a cumplir cuarenta y cinco años. Los cumplía el día quince del próximo mes de diciembre. Lo que pasa es que está mi otro hermano, el de en medio, entre Guillermo y yo, pero que ya también falleció hace diez años. Él era un año más pequeño que yo, y cuatro más grande que Guillermo. Guillermo era el xocoyote, el consentido.

— El consentido de muchos… ¿Y de la escuela secundaria?

— No, en una telesecundaria que se llama «Vicente Guerrero», que está en la colonia del mismo nombre, en la calle Iguala sin número, cerca del libramiento Martínez de la Torre y Canoas.

— ¿Y la preparatoria?

— En el CETIS o «Centro de Estudios Tecnológicos Industrial y de Servicios» número ciento cuarenta y cinco, en la colonia Jardines de Plaza Verde, también en la ciudad de Martínez de la Torre.

— ¿Fue un niño aplicado?

— Mi hermano la verdad no era para nada de sacar malas calificaciones, y la verdad tampoco era de tener mala conducta. Claro, era un niño juguetón como todos los niños, y también era un niño que se portaba bien.

— ¿Y trabajó de chico?

— No sólo él, sino todos nosotros. A veces él ayudaba a mi papá que era pintor de brocha gorda. La verdad, el que más trabajaba con papá era Joel, pero Guillermo también ayudaba a papá. Y mamá no se quedaba atrás, ella preparaba antojitos, y Guillermo salía también a venderlos, se los iba ofreciendo a los vecinos.

— ¡Y con esa voz de encantamiento!

 Vámonos para Teziutlán.

— Yo me acuerdo que «conocí» la voz jovencísima de Guillermo. Él trabajaba, ya desde muy chavito, en «SICOM Radio».

— Sí, tengo fotos así de él; las tengo en la casa.

— ¿Por qué habrá sido que estudió Pedagogía?

— Le decía: «Tú la estudiaste en la Universidad Pedagógica Nacional, pero nunca la ejercites. Tú te dedicaste al periodismo». Y sí que le dedicó años. Siempre ocupado por hacer periodismo. Era su pasión. Que sus notas debían de estar listas para cuando tuvieran que estarlo. Cuando iba de visita a mi casa, se llegaba la hora en que nos decía que «No, yo tengo que hacer mis notas ahorita», y con el «internet», pues se ponía a trabajarlas. Y hay que cumplir, ¿no? En ese tiempo cumplió porque como le gustaba su oficio, pues no incumplía con la entrega… Pero también para esto fue un educador comunitario.

La figura educativa.

— ¿Cómo que un «educador comunitario»?

— Sí, del «Consejo Nacional de Fomento Educativo», o sea, «CONAFE». Recuerdo que le tocó una comunidad allá en Perote. Por allá estuvo trabajando en comunidades así de pequeñitas. Dio clases así a los niños, a las niñas, así por dos años; fue un grupo multigrado de nivel primaria… ¡Y durmió en el piso! dentro de la escuelita que improvisó la comunidad. Y mire, así, prácticamente, él gestionó su apoyo económico para estudiar más adelante la universidad, porque le dieron una beca para ayudarse con sus estudios. Mi papá también lo ayudaba con otro poco de dinero. Así terminó de cursar la carrera en la «UPN-212» de Teziutlán.

Agenda de discusión pública.

— ¿Cómo fue la actitud que él asumió con los temas políticos?

— Digamos, habló siempre de las desventajas económicas, más que nada. Se preocupó mucho por eso. Le dolía que los niños y las niñas se enfermaran, y ellos sin dinero para poder curarse. Todo esto lo empezó a mirar desde que estaba, precisamente, en CONAFE. De que había niños que no tenían nada, nada para comer; y él que los esperaba para que llegaran a clases. Se prendía, era de mecha corta: «¡Cómo van a ir a clases los niños y niñas si no han comido!… Por eso mejor sus papás se los llevan, hasta por una semana, a ocuparse, a olvidarse, a trabajar al campo». Entonces sí se afligía mucho, y más que nada por el tema de las carencias económicas tan fuertes de la mayoría de niños y niñas. Y él en esa condición de vida, pues ni a cuál ir: tenía que irse a comer un día a casa de algún niño, y luego, al otro día, en la casa de algún otro niño, y así. En ese tiempo él bajó mucho de peso. Había veces que no comía. Se justificaba: «Cuando llegaba yo a la casa donde me tocaba comer tal día, donde luego pues me preparaban que unos huevitos revueltos, unos frijolitos caldosos, y tortillitas de mano… me daba cuenta que los demás niños de la casa se me acercaban así mirándome con un silencio a gritos, y pues yo les veía así sus ojitos tan llenos de hambre: para ellos no iba a haber alimento. Entonces, ¿cómo iba yo a quitarles su propia comida! Yo ya no ingería bocado, les repartía la comida entre ellos». Guillermo era en aquel momento –¿1998 ó 1997?–, apenas un muchachito: tendría como unos dieciocho años. Pero no cambió. Hasta la fecha era así. No podía ver que a algún niño o niña le faltara algo porque ya andaba él viendo la forma de compensárselo. Siempre quiso dar lo que al otro le hiciera falta. Y así anduvo siempre, subiendo y bajando, para cubrir la carencia en turno. Recuerdo que luego a nosotros nos tocaba hacer los aguinaldos que él llevaba para repartirlos allá a los niños, a las niñas de las comunidades, al alumnado del CONAFE. O el día de Reyes trataba de que le cooperáramos con alguna pelotita o algo para obsequiarles a los niños y niñas. Le insistíamos: «Pero si allá en Perote ni los niños ni las niñas saben del día de Reyes». Hacía oídos sordos. Él les llevaba. Porque las pelotitas eran lo que eran, un juguetito de los más sencillos. Eran un algo simbólico para que no pasara desapercibido ese día. De todos modos, nosotros teníamos que entrarle, porque nos hacía pensar que «Allá hay una grande ilusión infantil». Él la percibía a leguas. Él sentía que era su deber también llevarles dulces; aunque, los dulces salían caros. No sé cómo es que se aparecían los aguinaldos para llevárselos. O luego nos pedía: «Ojalá consiguiéramos ropa aunque sea de la usada porque allá en Perote hay niños y niñas que pasan mucho frío». Y sí, la conseguíamos y luego él se las llevaba.

— ¿De quién habrá aprendido a actuar así?

— De mi mamá. Él y mi mamá son igualitos en su afán de apoyar al prójimo. Yo recuerdo a mi mamá así de siempre, desde cuando éramos niños y que veníamos de la escuela. Ella no podía mirar a ningún niño de la escuela que pasara mojándose, así que le daba alguna prenda para cubrirse de la lluvia o del frío. Nosotros teníamos unos vecinitos así muy pobrecitos, y él o ella les llevaban comida de la poca que tuviéramos para nosotros en la casa. Ya ahora que soy una mujer adulta entiendo que, pues sí, que mi mamá ha tratado de ayudar a otros; aunque en aquel tiempo hubiera sólo lo necesario para nosotros. Pero de todos modos, fuera ella o fuera él, la compartían con los demás.

(Ahora entiendo la consistencia de su ética, la transparencia y congruencia de su nivel de acción: al trabajar en educación comunitaria su labor periodística pasó a convertirse en periodismo social, un periodismo impregnado de pedagogía de la liberación en busca de construir un lector libre, en resistencia, activo. Gracias a las notas de denuncia por él esgrimidas, uno aprehendía la realidad social de la región, una realidad que ¡Guillermo Tell mexicano! nos mostraba para transformarla).

La madre. El padre.

— ¿Cómo se llama el papá de ustedes?

— Nuestro papá, que en paz descansa, se llamaba Joel Mundo Andrade. Falleció hace cinco años; yo lo siento así muy lejano, como si ya hubiera pasado mucho, mucho tiempo.

— ¿Y la mami de ustedes?

— Nuestra mamá, que vive, Lucía Aguilar Guzmán. Ella es quien nos llevó en el vientre, la que nos dio a luz. Ella es originaria de Tetela de Ocampo. Se casó con mi papá que es de Martínez de la Torre; y ya después se fue a vivir allá para echar raíces.

— ¿Dónde vivían ustedes?

— En la calle Cuitláhuac, número ciento dieciocho, colonia Tlatelolco.

La enfermedad. La espera. Su fallecimiento.

— ¿Guillermo fue enfermizo?

— Lo fue cuando se vino a vivir a Teziutlán que empezó a enfermarse de los bronquios. Aparte, no era fuerte, así mucho, de su salud respiratoria; al menos, no más fuerte que nosotros, porque nosotros muy poco padecimos de enfermarnos del sistema respiratorio, pero él si se enfermaba seguido. En eso él era más débil. Y precisamente, por eso mismo, mi mamá le decía que «Ese clima no le hace bien a tu salud, no te queda, porque seguido te enfermas de alguna enfermedad de vías respiratorias». Pero nunca hizo caso. Cuando estuvo en CONAFE, cuando estuvo en Perote donde hacía bastante frío, pues lógico que se enfermaba. Pero no importaba. Le gustaba trabajar aunque fuera con el frío encima.

— No sé si pueda tocar un tema que, supongo, para ustedes es delicado. Así que, por favor, usted me dice «no» y paramos en cualquier momento.

— De acuerdo. Dígame.

— ¿Cuándo empeoró la salud respiratoria de Guillermo?

— Pues mire, afrontó la cirugía de vesícula biliar. De esto tiene, más o menos, un año que se sometió a la cirugía. Y de ahí empezó a enfermarse de tos. Yo pienso que fue a raíz del frío tan fuerte que se sentía en aquel quirófano. Y que también fue por el COVID, que le dejó secuelas. Que sí le dio pues sí, siempre, algo fuertecito, sin llegar a requerir oxígeno.

— ¿Y cuál fue la causa de su fallecimiento?

— Precisamente sus pulmones quedaron resentidos por el COVID.

— ¿Convaleció largo tiempo?

— Ah, pues ya tenía un mes, un mes ya con oxígeno. Él atendiéndose con sus propios medios económicos, de sus ahorros que prácticamente se le fueron ahí en especialistas, en estudios de laboratorio… era demasiado dinero él que se necesitaba.

— ¿Y qué diagnóstico le dieron?

— Pues… le querían descartar una fibrosis pulmonar… pero pues ya no llegó a saberse. Todavía él requería de más estudios. Y no era diabético ni tampoco hipertenso. Y de hecho no fumaba. Pero pues luego se le dijo que «No salgas a bañarte así tan temprano y luego salgas en la mañana así de  vaporoso a la calle a trabajar». Pero a él no le gustaba eso de romper su rutina, sus labores, sus pendientes.

— ¿Cómo lo protegían para evitar contrajera alguna infección oportunista? ¿Cómo se protegían ustedes?

— Con cubre bocas, pero su débil estado de salud no era para contagiar a nadie como una pulmonía, no. Por eso nosotros estamos bien. De hecho no era contagioso… aunque para eso eran las demás pruebas clínicas, pero en ese momento no sabían qué debían descartar.

Su sueño: salir a conducir un automóvil.

— ¿Él amaba la vida?

— Sí.

— ¿Y qué ilusión tenía para amar la vida?

— Comprarse un automóvil, aprenderlo a manejar, salir para viajar en él. Eso sí escuché que ese era su sueño.

(Me quedo tieso de la sorpresa).

—… Sí, porque así lo llegó a comentar: «Quiero aprender a conducir un automóvil».

Su «xoloitzcuintli» francés.

— ¿Tenía más cariños para dar?

— Sí, a su perrito «Chiquis», un «french poodle» que él adoraba. Ahora el perrito está con mi mamá… y con la enfermedad de mi hermano hasta el perrito andaba triste. Y es que «Memo» era una persona muy cariñosa, una persona que supo dar mucho amor, sobre todo eso, amor. Y pues siempre le dio lo de ayudar a los demás. Así lo recuerdo… y así lo voy a recordar siempre, porque eso es lo él era en vida, porque fue así desde niño.

La breve encomienda o el «Nican mopohua» de la reina de su cielo.

— ¿Les dejó algún encargo?

— Sí, que nos ocupáramos de mi mamá. Bueno, sobre todo a mí me la encargó: «Cuida a mamá». Sí, yo tengo a mi esposo y a mis dos hijos… y ahora a mi mamá; mi familia que estará reunida allá en Martínez de la Torre.

Guillermo, imprescindible.

— Y yo creo en esta otra esperanza. Ahorita que aquí vamos a estar toda la madrugada porque no voy a irme a dormir, y porque voy a estar aquí con él, porque yo aquí me quedo con mi hermano, y porque yo aquí no lo suelto. Ahorita que él está rodeado de estas bellas azucenas, y de estas rosas, y de estos crisantemos y margaritas y lirios, y de flor de nube blanca. Precisamente ahora creo en esta seguridad de que, después de todo, mi hermano Guillermo tuvo no sólo un fallecimiento en paz, sino que también obtuvo su pase directo al cielo. Porque mire usted, las personas necesarias se van purificadas después de tanto dolor en la Tierra, y porque los buenos se van siempre primero.

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